Imposible olvidar a aquella elegante mujer de vestido ceñido, cual traje de abeja reina, cuello en alza y colores propios del arco iris que protagonizaba In The Mood For Love (Deseando Amar, según la traducción española) del director chino Wong Kar-Wai. Esa mujer que con una elegancia extrema bajaba las irregulares escaleras de los pestilentes, oscuros, caóticos callejones de Hong Kong. Impoluta y sofisticada sorteaba cada escalón escapando de una nube de humos procedentes de las calderas y calefactores de los inmensos edificios de calles paralelas. Escenas sutiles que se reproducen inconscientemente cuando paseas por Hong Kong.
Se encuentra al suroeste del continente chino, sujeta por cuatro pilares: uno, el de la cosmopolita, urbanita y fashion Hong Kong Island; otro, el de la caótica, noctámbula y desenfrenada Kwoloon; el tercer pilar es el más tradicional el llamado Nuevos Territorios; y, por último, más de 200 pequeñas islas que espolvorean el Mar de China. Eso es Hong Kong. Un cuadrilátero antagónico, un palafito mitad antigua casa de pescador, mitad rascacielos. Nada o poco tiene que ver esta parte con sus vecinas Pekín o Shangai. Hong Kong es el hijo pródigo de China, y por lo tanto el más viajado y diferente. Sus años de posesión británica (aún latentes a pesar de los esfuerzos del gobierno chino por borrar cualquier huella que se asemeje a aquel pasado) le hicieron abrirse y absorber otros mundos. Su puerto, que lleva el nombre de la reina británica de aquel entonces, Victoria, fue la puerta abierta a Occidente. En un tiempo guardaba un pecaminoso intercambio de opio con el exterior; más tarde, fue la escala y el punto y final de varios viajes procedentes de América, de Europa, de África, de la propia Asia. Esto la ha modelado y configurado como un territorio diferente y por lo tanto único de China. No pasa desapercibida. Envuelve y enamora con su caótico vaivén entre lo tradicional y lo modernísimo; entre sus callejuelas atestadas de gente, gente corriendo, gente comprando, gente paseando… y sus grandes avenidas con ejecutivos procedentes de todas las partes del mundo, con mujeres refinadas que no escatiman en gastos cuando se trata de estar y de ser y de vivir a la manera de Hong Kong.
Los que viven en Hong Kong Island no se frenan cuando afirman “esto no es China. Esto es Hong Kong”. Y pronto te das cuenta de que es así. La Isla es la sede financiera y empresarial. Es el gran escaparate del mundo. En la zona conocida como Central se aglutinan los edificios más fastuosos (como el Two ifc, Centro Internacional de Finanzas, con 420 metros de altura, el rascacielos más alto de Hong Kong y el cuarto más elevado del mundo), se puede comprar el billete de ida y vuelta a las otras partes de la comarca (a través del muelle del Star Ferry que brinda la oportunidad de hacer uno de los recorridos en barco más bellos y sorprendentes. Una panorámica desde agua única) e invita a perderse entre las tiendas más caras, elegantes y maravillosas de Asia.
Central es el corazón de este manhattan chino, allí los enormes y acristalados edificios, construidos según las técnicas del Feng Shui, acogen a kilométricos centros comerciales donde no falta ni una sola y prestigiosa firma (diseñador que se precie abre un escaparate en cualquier centímetro cuadrado de Hong Kong Island). Es así como la gente de allí presume de tener 14 Gucci, el Zara y la Louis Vuiton más grandes de Asia y de haber sido escogida por Armani para constituir su gran imperio. Firmas occidentales que se codean con algunas privilegiadas tiendas de jóvenes diseñadores chinos o prestigiosas boutiques donde se puede comprar la ropa más maravillosa de corte asiático. En este sentido hay tres paradas obligatorias: Phoenix Magnolia (una tienda de dos platas con vestidos, zapatos y abrigos chinos como los que visten a la protagonistas de Deseando Amar), Joy Luck Boutique (desenfrenada y moderna ropa china) y la gran Shanghai Tang. Esta última es una de las tiendas más caras de Hong Kong y posiblemente de Asia donde la alta costura se traduce en fusión de Oriente y Occidente. Donde se encuentran las camisas y vestidos de seda pura más elegantes, los cuellos de cisne y los botones de con forma de pétalo de rosa, elaborados con pulcro detalle… Donde, desde que entras, te sorprende un colorido juego de telas: de los rosas chicle a los rojos fuego, azules cielo, verdes inmaculados… un arco iris plasmado en los diseños más sorprendentes de Hong Kong.
Y cuando sales, evidentemente con varias bolsas, de las sofisticadas tiendas de Central en Hong Kong Island te ves envuelto en una vorágine que desprende olor a Channel. Y comienzas a ver a las mujeres más fashion de China y a los hombres más elegantes, que compran sin freno con tarjeta Visa Oro. Y los ves caminando por avenidas enormes protegidas por gigantescos rascacielos en cuyos laterales penden grandes pantallas de televisión que muestran sin descanso las últimas novedades en cine, música… Y abajo, se suceden a gran velocidad Mercedes, Audis, Rolls-royce… Y cuando doblas una esquina te encuentras pequeñas callejuelas (como las de Deseando Amar) donde se abren puestecitos de comida, de ropa, de objetos imposibles (esos cachivaches chinos que encontramos aquí en España, en los populares y recurrentes ‘todo a cien’)… donde ya no se habla el inglés british, donde sus cuerpos no se visten con ropa de Armani… Ese es el enamoramiento que ocasiona esta ciudad, esta comarca, este trocito caprichoso del gran pastel que es China. El contraste brutal entre lo viejo y lo nuevo. Esta es la maravilla, verde envuelto en un inmenso torbellino de consumismo que te atrapa sin piedad y te dejas porque ¿hay mayor felicidad que comprar y comprar?
Y cuando cae la noche en Hong Kong Island los pasos te conducen a la zona del Soho, donde te encuentras los restaurantes más sofisticados, la mayoría de cocina internacional. El contraste se encuentra hasta cuando vas a comer. Frente a la moda de restaurantes maravillosamente decorados con vistas fastuosas, puedes descubrir rincones (generalmente situados en lo alto de algún sencillo edificio) donde comer, por ejemplo, el mejor pato de la ciudad. Hong Kong no duerme. La última parada está en Lan Kwai Fong, la zona de copas…
Nadie puede irse de Hong Kong sin pasar al otro lado, a Kwoloon (10 minutos de trayecto en coche) y acudir a alguno de sus populares y enloquecidos mercados a regatear, a comprar falsificaciones, a nutrirse del espíritu indomable de China.. Los mejores hoteles y centros comerciales están en el distrito de Tsim Sha Tsui. Las joyerías, los sastres 24 horas, las tiendas de electrónica y fotografía las encuentras en la Milla de Oro, Nathan Road. Y los mercados más dispares, en el distrito de Mongkok: Ladies Market, Goldfish Market, Mercado de las Flores y el Bird Market.
Pero el glamour, la moda más caprichosa está en buscar al mejor modisto de Hong Kong y pedirle que te reproduzca al dedillo un modelo. El sitio está en Sam’s Taylor.
Ese es el verdadero capricho. Esa es la imagen maravillosa que el cine chino y que la realidad de Hong Kong muestra a los que quieren irse de compras con diamantes.
(Éste artículo fue publicado en Yo Dona en el 2006)






