No existen autopistas. Ni carriles dobles de dirección. El asfalto en Transilvania es una irregular alfombra que parece trazada por la temblorosa mano del diablo. En ciertos tramos, cuando uno se acerca a las ciudades más grandes, las caravanas de coches pierden su tiempo entre rugidos toscos de sus motores viejos. A un lado y otro de esa carretera, adolecen al sol hombres y mujeres de sombrero de paja alado apoyando sus cansinos brazos en quiosquitos de madera de los que penden columnas de cebollas rojas sujetas por hilos de anea. Olvidas que el tiempo existe. Y si eso ocurriera, a buen seguro serÃa un tiempo de otra época. Transilvania, con su leyenda maldita escrita con tinteros de sangre, es la gran sorpresa de la Nueva Europa.
Puede que su belleza radique en su propia historia, en un pasado maldito que la hace canaña; pero vence la Transilvania de hoy, de uvas dulces y naranjas melosas, de escritoras con Premio Nobel (Herta Müller), la Transilvania dotada de un gentÃo que sonrÃe –sin dorados gitanos- al nuevo universo de turistas ávidos por hallar los secretos de las nuevas capitales europeas.
La Transilvania del siglo XXI salpica cada mañana aromas a cañas de maÃz recién cortadas, gotas de un rocÃo de tierra virgen y regala hermosas postales de pueblos que trepan por tenues montÃculos queriendo tocar, por una vez en su vida, el llamado cielo.
La mejor ruta que se podrÃa hacer por RumanÃa es la de perderse. La mejor ruta para conocer Transilvania vuelve a ser, de nuevo, perderse, pero más. Ésta que narro ahora es, sin más, una manera de hacer lo dicho, perderse.
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