Dicen que después del mercado de pescado de Tokio, Madrid es el más esplendoroso y fascinante del mundo. Desde luego, la última vez que puse los pies allí me quedé fascinada. A las cinco de la mañana ya estaba en la puerta [y llegué tarde]. Una nave inmesa repleta de puestecillos con piezas fastuosas siendo pujadas por mejor postor. Creo que por primera vez le eché un ojo a algunos atunes que medían más que yo y a unas piezas de pez espada que por fin me hacían entender lo de su nombre… El panorama, la compra y la venta, es para rodar una película allí (bueno, creo que Isabel Coixet ha hecho lo propio pero en el mercado de Tokio). Los negociantes fieles y de cierto prestigio se llevan la mejor mercancía, el resto lucha por conseguir a buen precio las joyas más valiosas… Todo es un toma y daca solo apto para insomnes.
Aquel día amanecí en Mercamadrid. Antes de irme, mi buen amigo Gaspar Rey (revista Cocina Futuro), quien me acompañó en este viaje por las entrañas marineras, cárnicas y hortelanas de Madrid, me llevó a la parte trasera de esa nave de mar madrileña y me dijo: “¿Alguna vez has visto tantas gaviotas en el cielo de Madrid?”… Negué con la cabeza. Creo que ese día comprendí eso que se dice: “Madrid es el mayor puerto de mar de Europa y el segundo del mundo”. Bien, el recuerdo de aquella visita a Mercamadrid (que recomiendo fervientemente) lo guardo con cariño y admiración.