El suelo de la taberna solía estar cubierto de cabezas de langostinos. Era lógico. A las 12.00 de la mañana, una mañana de rastro, medio Madrid acudía a aquel ‘bareto’ de lavapiés para tomarse ‘unas cañitas y una de gambas’. Baratísimas, es verdad. Y lo normal era comerte la ración de gambitas, siempre catorce, la trece daba mala suerte, e ir arrojando las cabezas del crustáceo degollado sobre el suelo vetusto de aquel antro. ¡Qué lejos queda esta imagen! Tan lejos que incluso cuando se recuerdan estas postales de tasca de tiempos pasados uno hasta echa de menos su cutrez. Para los que hemos venido de fuera, las voces populares se las arreglaban para vociferar un mito que ha ido cayendo con el tiempo: “A Madrid hay que ir a comer un bocata de calamares”… Sí, tenemos el segundo mejor mercado del mundo –eso también se dice- pero calamares lo que se dice calamares en pan… pues ya no es tan emblemático. (Continúa)






