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Sara Cucala

...because open source matters

Literatura

¿Quién escuchará los relatos del viento?

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Actualizado ( Jueves, 02 de Septiembre de 2010 12:07 )
 

Sin puntuación... en un viaje

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In crecendo asumiendo la imperfección aletea la brisa recién levantada de un alba sentido despacio deprisa lento suave sereno en estado puro estás allí sin dobleces soberbia alzas tu voz la que se acerca y se vuelve sin pedir permiso a nadie volteas las palabras que no hablan tú sabes que no hablan sabes que sienten laten a tu ritmo sin compás que lejos quedan ahora las primeras lluvias del alba tu rostro explota al paso desprende la esencia a selva virgen como eres tú tus aguas escurren el último resquicio de un lagrimeo se refugian en la opacidad de su rostro ocre verdiazul platina bandeja en la que permites el balanceo fortuito de un cuerpo sobre una descolorida madera de ébano de Malasia la misma que da sombra ahora a tu orilla derecha no tienes frío tu manto húmedo para no perder la esencia el sol no quiere mirarte hoy ¿qué le habrás hecho? Se refugia una vez más entre algodones pero tú sabes que está ahí aunque no se asome aunque no te mire lo sientes en cada punto de tu tierra y te nutres de él de sus manos bendita bendición ¡vaya color que tienes! Pensaste al mirarte en tu propio espejo te gusta tanto hacerlo… y que bello que bella estás te dices lo sabes y te vuelves a mirar de arriba a bajo de la cabellera que brota de tu último extremo amasijo de plumas irregulares palmeral caprichoso hasta que se pierde su zigzagueo en esa línea que has oído que llaman infinito arriba abajo o viceversa ¿quién sabe? In crecendo

Actualizado ( Martes, 11 de Agosto de 2009 18:39 )
 

POEMA I

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La ventana ha dejado que pase el verano
con su tenue ventolera,
agitando a capricho las sedas
lilas que penden del techo.

Un vaivén de invisibles
aires, fríos para este tiempo,
hacen de las suyas con las motas
de polvo que deambulan secretamente
por la casa.


Si abres los ojos
la tierra parece nacer
en la alfombra del salón.
Miles de pequeñas partículas
de arena danzan sin música.
¿Quién espera una melodía
en un día sin nombre?

La ciudad parece dormida.
A veces, cuando ocurre, da miedo.
El cielo pasea su impoluto azul
—hoy no necesita algodones
que limpien su narcisista retrato—.
Los tejados adormecen al sol.
Pero pronto escucho el susurro
de un silencio de vigilia;
entonces descubro
que hay vida al otro lado.

Más allá de esa ventana de agosto,
sabes que laten saltimbanquis
los impulsos haciendo sus particulares
montañas de arena.


Arenas movedizas
Paisaje lunar
¿Quién se salva en este desierto?

¿Me amas? Una arena
¿Crees? Dos más
¿Vives? Un montículo de microscópicas
piedrecitas se desliza por el calendario
de Sol y Luna al que nos sometemos.

“Querido viajero,
no te olvides de unos buenos zapatos,
de la crema solar, de un sombrero y de tus ojos.
Dicen que en el desierto
hay dunas, que algunas son de difícil
ascenso, pero confía
en el cántico de las voces anónimas:
anuncian que más allá de esas crestas ocres,
de esos caminos de arena movediza,
de ese sol a ratos hiriente
adormece plácido uno de los mares más bellos”


POEMA I DEL POEMARIO, 'ARENAS MOVEDIZAS' DE SARA CUCALA

Actualizado ( Jueves, 16 de Abril de 2009 11:44 )
 

Tic-Tac, un cuento relativo

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Éste es el último cuento que he publicado para el libro 'Todo o Nada' editado por Akrón, coordinado por Pilar Riestra y Fabiola Silva Mora. Una colección de cuentos sobre la relatividad de una verdad universal.



Tictac



“¡Ay! Si conocieras al Tiempo tan bien como lo conozco yo –exclamó el Sombrerero-,
no hablarías de malgastarlo, y mucho menos de matarlo!
Se trata de un tipo de mucho cuidado, y no de una cosa cualquiera”
Lewis Carroll (Alicia en el País de las Maravillas)

 

Cada diez minutos exactos miraba su viejo reloj de bolsillo. Una extraordinaria pieza del siglo XIX obra del famoso joyero Thomas Earnshaw. La heredó de su padre, y éste a su vez del suyo. El minutero seguía intacto, tan solo con una pequeña hendidura en el extremo izquierdo.
— “De oro de dieciocho quilates” —le decía—
De niño, su padre le despertaba al alba para que le diera cuerda y le repetía
—“Como lo hacía tu abuelo. A las seis en punto. Doce vueltas. A dos segundos por vuelta. Tiene que ser exacto si no perderás el tiempo”.
Heredó el reloj cuando tan sólo tenía nueve años.
Fue pasando la vida. Los pantaloncitos de tirantes, con aquellos minúsculos bolsillos por los que sobresalía su herencia, habían sido sustituidos por elegantes vestimentas que hacía coser a medida con su hueco exacto para el reloj.
Desde hacía 40 años no había existido ni un solo día en el que el ritual paterno no se hubiera cumplido.
Una mañana, a las seis y quince minutos con dos segundos, murió su padre. El hecho le recordó que no tenía descendencia. Entonces pensó en buscar a una mujer que, en un tiempo exacto de cuatro lunas, le diera un hijo varón. Él sería quien heredaría el reloj familiar.
Salió a la calle y comenzó a buscar en un parque, en una plaza, en la biblioteca, en el cine… Había dedicado treinta y dos horas, veinte minutos y cuarenta segundos en su búsqueda sin haber hallado nada.
Una mañana, caminando por una callejuela del centro de su ciudad, leyó en un letrero:

DEJA DE PERDER EL TIEMPO, ENCUENTRA A TU MEDIA NARANJA.

Pensó que ese sería el lugar donde conocería a la madre de su hijo.
—¿Edad?
—Cuarenta
—Trabajo
—Relojero
—¿Qué le gusta hacer en su tiempo libre?
—¿Qué?
—Que cuáles son sus aficiones.
—Mnnn, pues me gusta hacer relojes.
—¿Algo más?
—No, no sé
—¿Cómo es su mujer ideal?
—Pues no sé.
—¿Cómo que no sabe? ¿A qué ha venido usted?
—Quiero una mujer para que me de un hijo.
—¿Cómo?... Entonces, ¿no le importa cómo sea la mujer?
—Pues no.

Durante dos meses, cada noche a las nueve en punto, tuvo una cita con una mujer distinta: rubias, morenas, con ojos grandes, pequeños, divorciadas, solteras… Pero después de las primeras palabras de cortesía y los tímidos recorridos por la vida de ellas —él no pronunciaba palabra—, miraba su reloj y decía: “Han pasado quince minutos y treinta y cuatro segundos de las nueve. No tengo tiempo. Quiero tener un hijo” Y todas, sin excepción, se marchaban.


 

Actualizado ( Miércoles, 01 de Julio de 2009 16:52 ) Leer más...
 
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