Éste es el último cuento que he publicado para el libro 'Todo o Nada' editado por Akrón, coordinado por Pilar Riestra y Fabiola Silva Mora. Una colección de cuentos sobre la relatividad de una verdad universal.
Tictac
“¡Ay! Si conocieras al Tiempo tan bien como lo conozco yo –exclamó el Sombrerero-,
no hablarías de malgastarlo, y mucho menos de matarlo!
Se trata de un tipo de mucho cuidado, y no de una cosa cualquiera”
Lewis Carroll (Alicia en el País de las Maravillas)
Cada diez minutos exactos miraba su viejo reloj de bolsillo. Una extraordinaria pieza del siglo XIX obra del famoso joyero Thomas Earnshaw. La heredó de su padre, y éste a su vez del suyo. El minutero seguía intacto, tan solo con una pequeña hendidura en el extremo izquierdo.
— “De oro de dieciocho quilates” —le decía—
De niño, su padre le despertaba al alba para que le diera cuerda y le repetía
—“Como lo hacía tu abuelo. A las seis en punto. Doce vueltas. A dos segundos por vuelta. Tiene que ser exacto si no perderás el tiempo”.
Heredó el reloj cuando tan sólo tenía nueve años.
Fue pasando la vida. Los pantaloncitos de tirantes, con aquellos minúsculos bolsillos por los que sobresalía su herencia, habían sido sustituidos por elegantes vestimentas que hacía coser a medida con su hueco exacto para el reloj.
Desde hacía 40 años no había existido ni un solo día en el que el ritual paterno no se hubiera cumplido.
Una mañana, a las seis y quince minutos con dos segundos, murió su padre. El hecho le recordó que no tenía descendencia. Entonces pensó en buscar a una mujer que, en un tiempo exacto de cuatro lunas, le diera un hijo varón. Él sería quien heredaría el reloj familiar.
Salió a la calle y comenzó a buscar en un parque, en una plaza, en la biblioteca, en el cine… Había dedicado treinta y dos horas, veinte minutos y cuarenta segundos en su búsqueda sin haber hallado nada.
Una mañana, caminando por una callejuela del centro de su ciudad, leyó en un letrero:
DEJA DE PERDER EL TIEMPO, ENCUENTRA A TU MEDIA NARANJA.
Pensó que ese sería el lugar donde conocería a la madre de su hijo.
—¿Edad?
—Cuarenta
—Trabajo
—Relojero
—¿Qué le gusta hacer en su tiempo libre?
—¿Qué?
—Que cuáles son sus aficiones.
—Mnnn, pues me gusta hacer relojes.
—¿Algo más?
—No, no sé
—¿Cómo es su mujer ideal?
—Pues no sé.
—¿Cómo que no sabe? ¿A qué ha venido usted?
—Quiero una mujer para que me de un hijo.
—¿Cómo?... Entonces, ¿no le importa cómo sea la mujer?
—Pues no.
Durante dos meses, cada noche a las nueve en punto, tuvo una cita con una mujer distinta: rubias, morenas, con ojos grandes, pequeños, divorciadas, solteras… Pero después de las primeras palabras de cortesía y los tímidos recorridos por la vida de ellas —él no pronunciaba palabra—, miraba su reloj y decía: “Han pasado quince minutos y treinta y cuatro segundos de las nueve. No tengo tiempo. Quiero tener un hijo” Y todas, sin excepción, se marchaban.